jueves, 24 de julio de 2008

MAYEYA COTI DIANA

San Miguel 723.

(No sabía que esto se podía enredar. Ahora tengo que aclararle al anónimo que dijo “nicotina”: ¿si no soy del Parque Trillo, de dónde soy?)

Dedicado al Sr. “ignorante de pacotilla”, a quien no leo hace tiempo. Si alguien sabe de él, dígale que venga por el parque, que le he dedicado una historia.

La historia tiene que ver con una “cuartería”, casa de vecindad diríamos en un lenguaje mas “fino”. No llegaba a ser un “solar”, pero clasificaría dentro de la norma. A escasos doscientos metros del Parque Trillo. En el primer piso de San Miguel 723 entre Oquendo y Marqués González. Mi residencia tenía dos puertas a un balcón con baranda de hierro fundido, (una de ellas cerrada por razones de la logística que explicaré a continuación). Serían unos 300 pies cuadrados, (me moveré entre ambos sistemas de medidas), donde se encontraban, sin divisiones que robarían espacio, (¡Ah! Eso es el sueño de un diseñador de lofts en Manhattan o Winwood); la habitación de los padres, la de los niños, el comedor con su refrigerador, la sala de estar, la biblioteca, los clósets, el salón de música, y cualquier otra pieza imaginable, hacinada entre cuatro paredes, dos de mampostería, una de mamparas de vidrio que la separaba de los otros cuartos y otra, magnifica, que daba al balcón. Se compartían el baño y la cocina, (¿no era un solar?) con otros habitantes de minúsculas habitaciones en la cuartería. Las paredes remataban en el techo con enlucidos de yeso que semejaban hojitas y florecitas dieciochocescas que también adornaban un círculo al centro del techo, de donde colgaba un bombillo incandescente, (aquella maravilla del Brujo de Menlo Park), para iluminar la residencia. El balcón se abría a un café con mesitas de bistro, donde se sentaban los asiduos, generalmente a leer el periódico o hablar de política, mientras tomaban café con leche y panecitos de San Francisco. (Si alguien no ha probado esta combinación, puedo asegurarle que ha perdido la mitad de su vida). El “Café de Manolo” se abría hacia la calle San Miguel y hacia el pasaje Xiquel, que de pronto partía la calle en dos. Entre los señores que comentaban los sucesos del día, se hallaba un caballero muy elegante, que en algún momento fue “fiscal de la Audiencia de labana”, G. Canales, y habitaba el segundo piso (completo) del número 723. En los bajos del mismo número había una pequeña imprenta que imprimía etiquetas, anuncios, folletos, libros de pequeño formato, etc. Aún recuerdo el olor a tinta de las prensas, las manos ennegrecidas de los linotipistas, el sonido monótono de las máquinas que goteaban aceite, exactamente debajo de mi residencia y de las de los otros inquilinos. La escalera de escalones de mármol, balaustrada de hierro, rematada por un pasamanos de madera oscura, (en la Infinita el mármol, era cosa común, porque venía en las taras de los buques que arribaban de Europa) terminaba en un pequeño zaguán, bastante sucio, que daba a una acera estrecha y gris. ¡Y esta acera conducía directamente al Parque Trillo! Pero debo confesar que el camino era accidentado… En la primera intersección, la calle Oquendo, que terminaba en el mar. Allí existía una farmacia muy peculiar. Olegario, el boticario y dueño, vendía barbitúricos con cierta holgura, (los mood modifiers de aquellos tiempos). Los clientes, con ojos enrojecidos y vidriosos de Seconal se sentaban en el quicio de la farmacia a disfrutar la nota. Atravesar semejante fauna constituía el primer avatar. Al cruzar la calle, se encontraba una bodega de alimentos, con bar de hermosa madera barnizada donde otros vecinos se “daban un traguito”. Imaginemos el calor, el alcohol y la vehemencia de los trópicos y podremos configurar el segundo avatar. Luego venían solares, pequeños edificios de apartamentos recién construidos, una pollería, y en la próxima intersección, en la calle Soledad una pescadería con una enorme variedad de habitantes de los mares caribeños a la venta. Entonces mas solares, mas de lo mismo, hasta que, repito, habiendo recorrido unos 200 metros del número 723, la calle se abría, en la intersección con Aramburu, a una plaza, colorida, con árboles, bancos, estatua de Quintín Banderas, que había sido un negro patriota, y hasta un pequeño parque infantil. Estamos en el Parque Trillo. Las calles San Miguel, San Rafael, Aramburu y Hospital conformaban el parque. En Aramburu había una guarapera y solares de donde frecuentemente salía música de tambores y olores fuertes. En San Miguel, un pequeño cine: el Strand, donde pude ver mas de una película de Sarita Montiel y otras exquisiteces, siempre atendiendo a los exhibicionistas, empecinados en el onanismo cinematográfico, (quizás otro avatar). En Hospital, dos o tres tiendecitas de ropas, telas y perfumes. En San Rafael, una mueblería, una cafetería con “lunchera” donde preparaban “medianoche” y batidos, entre otras cosas. Otro día continuaré, porque esto se ha hecho largo. Muchos años después, creo que los alrededores han cambiado notablemente y también la vida de sus moradores. Por ahora, sigo invitándolos a visitar este otro “parque” virtual.

8 comentarios:

machetico dijo...

Broncas de parque, barrioteras hoy en:

http://tromponmetabiotico.blogspot.com/

Anónimo dijo...

Vaya disertación sobre el célebre parque. Me retracto de mi afirmación de que no eras de allí.

Anónimo dijo...

En el cine ví todas las peliculas de Elvis P. y también "Al compás del Reloj con Bill Haley y sus cómetas, que tiempos aquellos y buenas medianoches que se comían en la cafetería.

A.T. dijo...

Carmen, exquisito testimonio. OjalA que el ignorante entre y te lea.

Anónimo dijo...

No recuerdo haber estado en EPT alguna vez, tampoco por esas calles; sin embargo, todo me parece familiar despues de leer tu descripcion. Gracias.

Maria Elena dijo...

Este cuento está más que divino y me suena tan internacional. Acabo de llegar de un viaje por Rusia, Estonia, y otros países por el mar Báltico y esa generación de tu tía se siente muy insegura y sin dirección en una sociedad libre y democrática después de haber tenido el control de todos los aspectos de sus vidas por un comunismo. Se sienten perdidos y desamparados. Y hasta lágrimas en los ojos tienen cuando te lo cuentan. La historia es diferente con los más jóvenes que tienen el mundo entero a sus piés y por primera vez en sus vidas se sienten libres de su destino. En fin, la historia en Cuba será la misma... hasta que, perdona por tu tia y la mía que tengo en Cuba también, se muera esa generación.

Anónimo dijo...

Recuerdo bien esas calles pero por algunos detalles sospecho que vivimos en tiempos distintos en Callo Hueso

Mayeya dijo...

Que bueno que alguien escribe! Si, la descripcion tiene casi medio siglo. Estuve en la periferia de esa zona en 1999 y me recordo Kosovo. Gracias.