jueves, 7 de agosto de 2008

Mayeya Lee y Comenta #3

Travesuras de La Niña Mala de M. Vargas Llosa

Comenzaban los años 70’s en labana. Una tarde salí de casa de unos amigos con un “cartucho” apretado contra las costillas. Caminé hacia el mar por la calle Humbolt. Torcí a la derecha en la Fragua Martiana y muy pronto me encontré a salvo, en mi cuarto. Allí extraje el objeto del pecado, de cubierta brillante y citadina. Su creador había disfrutado el beneplácito del Poder por algún tiempo y alguna edición de La Ciudad y Los Perros y de Los Cachorros habían recorrido la ciudad. Pero ahora se trataba de un libro maldito, de un autor “prohibido”, lo que sin duda añadía encanto a la ya buena literatura. Tenía en mis manos la primera edición de Conversación en La Catedral y debía devorarlo antes del amanecer. Así lo hice. Poco antes de las 8 de la mañana, lo devolví al dueño, o a quien se lo llevaría al dueño, o a quien se lo llevaría a quien se lo entregaría al dueño, quien probablemente era un funcionario, o su mujer, o su marido, que podía salir de los entornos de la Isla Sitiada y comprar libros prohibidos. Con estos libros prohibidos se producía una suerte de “tren subterráneo” como el que usara Harriet Tubman para salvar a los esclavos. De casa en casa, de mano en mano, secretamente, para no “soliviantar” la ira del Poder y sufrir sus consecuencias, se leían los libros de los apestados, de los enemigos del pueblo revolucionario como Vargas Llosa y Pasternak.
El tiempo pasa y, además de ponernos viejos y vivir en otros mundos, dos o tres simples clics dirigidos a Amazon.com, me trajeron esta semana a la puerta de la casa las Travesuras de la Niña Mala, en su séptima reimpresión de noviembre del 2007, (apenas publicado un año antes). Dicen que se parece a Madame Bovary, que es un rewrite. A mi también me recordó a Naná. Es la historia de un amor torcido y de unas de esas personas que parecen realmente malas, con pocos escrúpulos para escapar de su origen humilde. Parece tener muchas referencias autobiográficas y nos encontramos con el Paris de los 60’s, la exportación de guerrillas del “susodicho”, los hippies en Londres, la mafia japonesa, las miserias humanas y el arte de vivir sin ser importante. Nunca a la altura de los Cuadernos de Don Rigoberto, La Casa Verde o El Paraíso en la Otra Esquina. Ni siquiera La Fiesta del Chivo. Pero, aun así, una buena manera de entretenerse. De todas formas Vargas Llosa debía tener hace rato el premio del inventor de la dinamita.

2 comentarios:

williTrapiche dijo...

...algo similar nos sucedía a quienes queríamos escuchar música de otras latitudes , si recuerdas los discos tenían una cubierta grande de 12 por 12 pulgadas nos era imposible conseguir un cartucho de ese tamaño para ocultarlos ya que sus carátula mostraban a los interpretes en actitudes que no correspondían al modelo revolucionario, entonces tomábamos un disco de producción nacional y detrás transportábamos el "prohibido"osea llevábamos un disco de silvio para confundir y detrás uno de alice cooper...

Anónimo dijo...

La historia se repite, siempre.