
martes, 26 de mayo de 2009
lunes, 25 de mayo de 2009
LOS VIEJOS CONTRAREVOLUCIONARIOS
MANUEL VAZQUEZ PORTAL: No te hagas el contrarrevolucionario
By MANUEL VAZQUEZ PORTAL
Cuando Angel Santiesteban nació a la literatura cubana la revolución ya no existía, era una entelequia marchando hacia la nada, un grupo de ancianos aferrados a un tiempo congelado que los convierte en verdaderos contrarrevolucionarios.
Los colosos del grupo Orígenes, quienes soñaron alguna vez con el triunfo de una cultura nacional auténtica y quienes vieron --aunque con una visión teleológica-- en la revolución la materialización de sus evocaciones, habían muerto o estaban en el exilio.
La llamada generación de los cincuenta, unos que habían participado de la epopeya --épica sobredimensionada por sus propias voces-- y otros que se preguntaban a quiénes debían la sobrevida, se había desgajado por las suspicacias mutuas tras el caso Padilla y unos eran excesivamente revolucionarios, otros excesivamente taimados y otros excesivamente enclaustrados, pero todos poco confiables.
La renombrada generación del caimán también se había desarticulado luego de unas estrambóticas culpas que llevaron a Eduardo Heras León a Antillana de Acero, a Luis Rogelio Noguera a un taller de imprenta y a otros, en pago a sus hojas de servicios, a Moscú y burós dorados.
La generación hechizada --como llamó en alguna ocasión a nuestra generación el poeta Alex Pausides-- había perdido el encanto primigenio. Roberto Manzano Díaz no cantaba ya a la sabana ni idealizaba a su chiva Fantina. Andrés Reynaldo y Carlos Victoria se habían largado por el Mariel. Reina María Rodríguez se había refugiado en una azotea. Angel Escobar se había suicidado. Leonardo Padura sudaba su fiebre de caballo escribiendo policíacos. Abel Prieto ya era ministro y Senel Paz sabía de memoria que el niño aquel, soñador de un reino en el jardín, podía tener la vida marcada para siempre por la fresa o el chocolate, según la clasificación en que lo engavetara un régimen homofóbico y falocrático.
Luego de ese tempestuoso transito por el dédalo nació a la literatura cubana Angel Santiesteban. Venía acompañado de gente de otro tiempo. Con los ojos menos neblinosos. Con el costal vacío de tanto hueso heroico que había tornado el camino de los anteriores un calvario abrupto. Amir Valle quizás de Palinuro. Sindo Pacheco y Manuel Sosa tal vez subidos a la torre del vigía. León Estrada y Jorge Luis Arzola remando a puro brazo. Pero eso no los salvó de las furias. La porra del policía y el alarido del gris funcionario los alcanzó también. Al exilio muchos, al mutismo otros, a la apostasía los Edeles.
Arzola se vio un día con el rostro tumefacto y el cuerpo adolorido tras una golpiza que la policía política le propinó antes de que despertara en una celda en Jatibonico. Manuel Sosa y varios escritores del grupo experimental de Sancti Spirítus se vieron una noche rodeados de policías. León Estrada, fulminado por un golpe de karate, cayó a los pies de Heriberto Hernández y muy cerca de Carilda Oliver Labra otra noche en Matanzas.
Angel Santiesteban caminaba el domingo pasado por el Vedado. Iba a casa de una amiga. Llevaba encima el último post que publicaría en su blog Los hijos que nadie quiso, alojado en el diario digital Cubaencuentro, pero los sabuesos del odio no lo dejaron llegar. Lo asaltaron en plena calle. Le dijeron que no le convenía hacerse el contrarrevolucionario. Angel Santiesteban no es de los que se afloja y canta la palinodia. Vayan al patio de Proserpina y pregúntenle a David Buzzi, si no me creen. Los enfrentó. Y como al poeta César Vallejo, le dieron duro, con un tubo y duro. Le fracturaron un brazo y le ocasionaron heridas con una navaja. Un ortopeda con grados de capitán lo atendió en el Hospital Naval de La Habana. Desde entonces no se sabe de él.
¿Fue un quinquenio gris? ¿Fue que Tania Díaz Castro se metió en ese lío de los derechos humanos? ¿Fue que María Elena Cruz Varela encabezó una carta de diez intelectuales? Sin remedio. No hay modo de que los arcaicos revolucionarios dejen de ser contrarrevolucionarios. No evolucionan. Se petrificaron. No han cesado. De Heberto Padilla a Angel Santiesteban la friolera de agredidos se vuelve guía telefónica. Por Dios, Angel Santiesteban, no te hagas el contrarrevolucionario, sigue siendo revolucionario y transgresor, como corresponde a un escritor, no te contagies con los fósiles aferrados al poder.
By MANUEL VAZQUEZ PORTAL
Cuando Angel Santiesteban nació a la literatura cubana la revolución ya no existía, era una entelequia marchando hacia la nada, un grupo de ancianos aferrados a un tiempo congelado que los convierte en verdaderos contrarrevolucionarios.
Los colosos del grupo Orígenes, quienes soñaron alguna vez con el triunfo de una cultura nacional auténtica y quienes vieron --aunque con una visión teleológica-- en la revolución la materialización de sus evocaciones, habían muerto o estaban en el exilio.
La llamada generación de los cincuenta, unos que habían participado de la epopeya --épica sobredimensionada por sus propias voces-- y otros que se preguntaban a quiénes debían la sobrevida, se había desgajado por las suspicacias mutuas tras el caso Padilla y unos eran excesivamente revolucionarios, otros excesivamente taimados y otros excesivamente enclaustrados, pero todos poco confiables.
La renombrada generación del caimán también se había desarticulado luego de unas estrambóticas culpas que llevaron a Eduardo Heras León a Antillana de Acero, a Luis Rogelio Noguera a un taller de imprenta y a otros, en pago a sus hojas de servicios, a Moscú y burós dorados.
La generación hechizada --como llamó en alguna ocasión a nuestra generación el poeta Alex Pausides-- había perdido el encanto primigenio. Roberto Manzano Díaz no cantaba ya a la sabana ni idealizaba a su chiva Fantina. Andrés Reynaldo y Carlos Victoria se habían largado por el Mariel. Reina María Rodríguez se había refugiado en una azotea. Angel Escobar se había suicidado. Leonardo Padura sudaba su fiebre de caballo escribiendo policíacos. Abel Prieto ya era ministro y Senel Paz sabía de memoria que el niño aquel, soñador de un reino en el jardín, podía tener la vida marcada para siempre por la fresa o el chocolate, según la clasificación en que lo engavetara un régimen homofóbico y falocrático.
Luego de ese tempestuoso transito por el dédalo nació a la literatura cubana Angel Santiesteban. Venía acompañado de gente de otro tiempo. Con los ojos menos neblinosos. Con el costal vacío de tanto hueso heroico que había tornado el camino de los anteriores un calvario abrupto. Amir Valle quizás de Palinuro. Sindo Pacheco y Manuel Sosa tal vez subidos a la torre del vigía. León Estrada y Jorge Luis Arzola remando a puro brazo. Pero eso no los salvó de las furias. La porra del policía y el alarido del gris funcionario los alcanzó también. Al exilio muchos, al mutismo otros, a la apostasía los Edeles.
Arzola se vio un día con el rostro tumefacto y el cuerpo adolorido tras una golpiza que la policía política le propinó antes de que despertara en una celda en Jatibonico. Manuel Sosa y varios escritores del grupo experimental de Sancti Spirítus se vieron una noche rodeados de policías. León Estrada, fulminado por un golpe de karate, cayó a los pies de Heriberto Hernández y muy cerca de Carilda Oliver Labra otra noche en Matanzas.
Angel Santiesteban caminaba el domingo pasado por el Vedado. Iba a casa de una amiga. Llevaba encima el último post que publicaría en su blog Los hijos que nadie quiso, alojado en el diario digital Cubaencuentro, pero los sabuesos del odio no lo dejaron llegar. Lo asaltaron en plena calle. Le dijeron que no le convenía hacerse el contrarrevolucionario. Angel Santiesteban no es de los que se afloja y canta la palinodia. Vayan al patio de Proserpina y pregúntenle a David Buzzi, si no me creen. Los enfrentó. Y como al poeta César Vallejo, le dieron duro, con un tubo y duro. Le fracturaron un brazo y le ocasionaron heridas con una navaja. Un ortopeda con grados de capitán lo atendió en el Hospital Naval de La Habana. Desde entonces no se sabe de él.
¿Fue un quinquenio gris? ¿Fue que Tania Díaz Castro se metió en ese lío de los derechos humanos? ¿Fue que María Elena Cruz Varela encabezó una carta de diez intelectuales? Sin remedio. No hay modo de que los arcaicos revolucionarios dejen de ser contrarrevolucionarios. No evolucionan. Se petrificaron. No han cesado. De Heberto Padilla a Angel Santiesteban la friolera de agredidos se vuelve guía telefónica. Por Dios, Angel Santiesteban, no te hagas el contrarrevolucionario, sigue siendo revolucionario y transgresor, como corresponde a un escritor, no te contagies con los fósiles aferrados al poder.
jueves, 21 de mayo de 2009
Guillermo Rosales
Conocí a Guillermo en 1991, o quizás 1992. Por entonces visitaba una clínica en Coral Way, donde veía pacientes los martes. Muy a menudo los administradores me pedían que atendiera a algún paciente de MEDICAID, lo que era lo mismo que trabajar por amor al prójimo, porque este “seguro de salud” para los mas necesitados no pagaba servicios psicológicos. Un día me dijeron: “Ahí hay uno que te va a gustar. Dice que es escritor”.
(Los pacientes de MEDICAID, resultaban siempre deshabilitados, con condiciones crónicas y enormes necesidades sociales. Visitaban al psiquiatra, durante escasos cinco minutos para buscar su “refill” de medicamentos. Alguna vez alguien tuvo ganas de ser oído, de buscar de la palabra alguna “cosita que ayude al vivir”. Por lo general mis intervenciones eran psicosociales, que no de “terapia profunda”, porque se trataba de eso, para “resolver”.)
“Dile que entre”. Y entro un hombre alto, quizás se veía mas alto, porque era puro hueso, piel tostada, cierta seriedad que parecía pose, aquella ropa que caía como en un perchero, los pasos largos, y unos ojos que intentaban horadarme hasta las entrañas, no vaya a ser que me agredas. Tanta elegancia vestida con harapos y por eso mismo soberbia. Guillermo quería que le preguntaran, que es lo normal, y eso hice. Un derroche de elegancia, de buena dicción, de maneras educadas, de contarme su vida.
La semana siguiente, llegué muy temprano, y cuando salía del estacionamiento lo vi, parado en la esquina, con aires de yonofui o de yosíse. “Déjelo para el final”. Y otra vez la historia. Me traía un volumen de Boarding Home y muchas historias. Se enredó en historias torcidas de gentes que parecían mucho más torcidas que las propias historias. Que de nada sirvió el premio “Letras de Oro”, que el editor, gordo y abusivo se había quedado con todo. Que era lo mismo, aquí que allá.
(Apenas dos años después de mi internado y sin siquiera llegar a los cuarenta años, hablar con un esquizofrénico (por diagnóstico) tan genial, podía ser un reto. Y lo era. Cuando una está acabada de graduar, quiere ayudar y quiere ayudar, (mezcla de ignorancia y buena voluntad). y a veces no sabe cómo. Traté.)
La semana siguiente, después de leer “Boarding Home”, ya se trataba de un asunto serio. Y así fue durante meses. Guillermo había cogido algunas libras, pocas, pero suficientes para desplegar su elegancia. El mismo decía: “En labana me decían Lord Jim”. Un día me trajo un manuscrito sin editar: “El Juego de la Viola”, era una serie de viñetas de polimorfos perversos. Me recordó la obra de Goldin, “Lord of the Flies”, que igual que “la Viola” no tuvo mucho éxito al principio. No se qué cuento me hizo de Cuba, donde lo habían aplastado. Nada nuevo. Cuando le devolví el manuscrito, me dijo que se lo llevaría a Carlos Victoria, que lo iba a ayudar. (Ya son dos los muertos).
(Mi relato no incluye los elementos de psicoterapia, de asuntos íntimos de la vida, que no se ventilan, ni con la muerte, como no sea para propósitos científicos. El tiempo pasaba y “progresábamos”. Uno de mis mejores instructores en el doctorado me había hablado del “enmeshment”. Esto se parecía mucho a eso.)
Por entonces tenía mucho trabajo, (creo que hasta el día de hoy), y tenia que cubrir unos cuantos hospitales. Participaba en un proyecto, uno de los primeros, (y fallido) contra el Alzheimer. Y un martes no pude ir a la clínica. Cerca de las dos de la tarde me llamaron al cellular, (móvil que parecía un ladrillo). “Aquí está Guillermo, que no se va hasta que tu llegues”. Y fui.
Pasaron los meses y mis visitas a la clínica fueron mucho más esporádicas. Un día, me encuentro a Guillermo todo averiado. ¿Qué pasó? El cuento que cuento me lo contó él: “Unos tipos, que estaban en la acera me dijeron maricón, y les fui pa’rriba”. Me imagino a Lord Jim, caminando con sus pasos largos, escuálido, que miró de pronto, (aunque venía midiéndolos desde mucho antes), a unos guapos en Little Havana, su mirada podía ser a la vez profunda y taciturna, su aire deotroplaneta, su sensibilidad a flor de piel, sus paranoias, sus resortes de defensa, su fragilidad de gigante, su aprendizaje en un mundo sórdido, allá y aquí, donde parece no haber espacio para los diferentes. Me imagino a los guapos abusivos, y los huesos de Guillermo en la acera.
Pasó el tiempo y pasé unos meses sin ir a la clínica de Coral Way. Por entonces trabajaba 24X7. Una llamada: “Doctora, vinieron los de medicina legal, a buscar los files de Guillermo”. ¿Qué pasó? “Se mató”.
Hoy se lanza, en una librería de New York, una edición en inglés de Boarding Home, la novela de Guillermo Rosales que ganara el Premio Letras de Oro en 1987. (He comprado unos diez volúmenes de este libro en su edición original para regalarlo a supervisados y estudiantes en el sur de la Florida). La traductora, Anna Kushner, le ha cambiado el nombre por “The Halfway House”, que en realidad no tiene mucho que ver con el “home”, (Assisted Living Facility), que describió Rosales. Hoy es un día para recordarlo.
(Los pacientes de MEDICAID, resultaban siempre deshabilitados, con condiciones crónicas y enormes necesidades sociales. Visitaban al psiquiatra, durante escasos cinco minutos para buscar su “refill” de medicamentos. Alguna vez alguien tuvo ganas de ser oído, de buscar de la palabra alguna “cosita que ayude al vivir”. Por lo general mis intervenciones eran psicosociales, que no de “terapia profunda”, porque se trataba de eso, para “resolver”.)
“Dile que entre”. Y entro un hombre alto, quizás se veía mas alto, porque era puro hueso, piel tostada, cierta seriedad que parecía pose, aquella ropa que caía como en un perchero, los pasos largos, y unos ojos que intentaban horadarme hasta las entrañas, no vaya a ser que me agredas. Tanta elegancia vestida con harapos y por eso mismo soberbia. Guillermo quería que le preguntaran, que es lo normal, y eso hice. Un derroche de elegancia, de buena dicción, de maneras educadas, de contarme su vida.
La semana siguiente, llegué muy temprano, y cuando salía del estacionamiento lo vi, parado en la esquina, con aires de yonofui o de yosíse. “Déjelo para el final”. Y otra vez la historia. Me traía un volumen de Boarding Home y muchas historias. Se enredó en historias torcidas de gentes que parecían mucho más torcidas que las propias historias. Que de nada sirvió el premio “Letras de Oro”, que el editor, gordo y abusivo se había quedado con todo. Que era lo mismo, aquí que allá.
(Apenas dos años después de mi internado y sin siquiera llegar a los cuarenta años, hablar con un esquizofrénico (por diagnóstico) tan genial, podía ser un reto. Y lo era. Cuando una está acabada de graduar, quiere ayudar y quiere ayudar, (mezcla de ignorancia y buena voluntad). y a veces no sabe cómo. Traté.)
La semana siguiente, después de leer “Boarding Home”, ya se trataba de un asunto serio. Y así fue durante meses. Guillermo había cogido algunas libras, pocas, pero suficientes para desplegar su elegancia. El mismo decía: “En labana me decían Lord Jim”. Un día me trajo un manuscrito sin editar: “El Juego de la Viola”, era una serie de viñetas de polimorfos perversos. Me recordó la obra de Goldin, “Lord of the Flies”, que igual que “la Viola” no tuvo mucho éxito al principio. No se qué cuento me hizo de Cuba, donde lo habían aplastado. Nada nuevo. Cuando le devolví el manuscrito, me dijo que se lo llevaría a Carlos Victoria, que lo iba a ayudar. (Ya son dos los muertos).
(Mi relato no incluye los elementos de psicoterapia, de asuntos íntimos de la vida, que no se ventilan, ni con la muerte, como no sea para propósitos científicos. El tiempo pasaba y “progresábamos”. Uno de mis mejores instructores en el doctorado me había hablado del “enmeshment”. Esto se parecía mucho a eso.)
Por entonces tenía mucho trabajo, (creo que hasta el día de hoy), y tenia que cubrir unos cuantos hospitales. Participaba en un proyecto, uno de los primeros, (y fallido) contra el Alzheimer. Y un martes no pude ir a la clínica. Cerca de las dos de la tarde me llamaron al cellular, (móvil que parecía un ladrillo). “Aquí está Guillermo, que no se va hasta que tu llegues”. Y fui.
Pasaron los meses y mis visitas a la clínica fueron mucho más esporádicas. Un día, me encuentro a Guillermo todo averiado. ¿Qué pasó? El cuento que cuento me lo contó él: “Unos tipos, que estaban en la acera me dijeron maricón, y les fui pa’rriba”. Me imagino a Lord Jim, caminando con sus pasos largos, escuálido, que miró de pronto, (aunque venía midiéndolos desde mucho antes), a unos guapos en Little Havana, su mirada podía ser a la vez profunda y taciturna, su aire deotroplaneta, su sensibilidad a flor de piel, sus paranoias, sus resortes de defensa, su fragilidad de gigante, su aprendizaje en un mundo sórdido, allá y aquí, donde parece no haber espacio para los diferentes. Me imagino a los guapos abusivos, y los huesos de Guillermo en la acera.
Pasó el tiempo y pasé unos meses sin ir a la clínica de Coral Way. Por entonces trabajaba 24X7. Una llamada: “Doctora, vinieron los de medicina legal, a buscar los files de Guillermo”. ¿Qué pasó? “Se mató”.
Hoy se lanza, en una librería de New York, una edición en inglés de Boarding Home, la novela de Guillermo Rosales que ganara el Premio Letras de Oro en 1987. (He comprado unos diez volúmenes de este libro en su edición original para regalarlo a supervisados y estudiantes en el sur de la Florida). La traductora, Anna Kushner, le ha cambiado el nombre por “The Halfway House”, que en realidad no tiene mucho que ver con el “home”, (Assisted Living Facility), que describió Rosales. Hoy es un día para recordarlo.
domingo, 17 de mayo de 2009
Honrando a Mario Benedetti (setiembre 14,1920-mayo 17, 2009)

Te quiero
Tus manos son mi caricia
Mis acordes cotidianos
Te quiero porque tus manos
Trabajan por la justicia
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro
tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho mas que dos
y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero
y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola
te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho mas que dos
Las dictaduras, de izquierda o derecha son sólo eso, dictaduras.
Tus manos son mi caricia
Mis acordes cotidianos
Te quiero porque tus manos
Trabajan por la justicia
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro
tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho mas que dos
y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero
y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola
te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho mas que dos
Las dictaduras, de izquierda o derecha son sólo eso, dictaduras.
viernes, 15 de mayo de 2009
LECTURA PARA UN JUEVES (municipal y espeso)


(Primera Parte)
Cuando el director respondió a una pregunta del público, diciendo que habían ensayado tres veces, algunos casi se caen del asiento. Tengo algunas referencias de primera mano que informan acaso dos y un poco mas. Sin embargo, los que asistieron a Teatro en Miami Estudio el jueves, asistieron a un banquete. Chamaco, (la pieza que ha lanzado a su autor, Abel González Melo, chamaco el mismo, a las tablas internacionales); se leyó, con dramatización, movimientos escénicos, vestuario incipiente, y un respeto por el teatro y por todos nosotros, que merece un respiro. Quizás lo que merece es un respeto.
Asistimos al regreso del director y dramaturgo del patio, Alberto Sarraín, quien ha dirigido algo más de 40 piezas en su vida, pero que durante los últimos siete años, vivió haciendo teatro entre la madre patria, (o el padre patrio), y la isla infinita, (esa no tiene otro nombre), convencido de que nació para hacer teatro y se va a morir en las mismas. Sarraín ha regresado a “labanaquemesdada”, a “donde nunca pasa nada”, donde el mal gusto hace ola, donde un curita enamorado explica su liviandad acudiendo a resortes cantinflescos (fueron los espías de Castro), donde, definitivamente y para volver al grano, cuesta mucho hacer “teatro serio”.
De Chamaco, el texto, hablaré después. Ahora se impone hablar de los hacedores: lectores, director, sonidista, luces, vestuario y todo eso. Se reunieron en escena actores de tres generaciones al menos, con diferente formación profesional (y oleadas de exilio), para leer la obrita que dio que pensar en Londres, La Habana y Estambul. Solo con stakeholders, (los hacedores) de ese calibre se puede hacer una lectura tan municipal, (porque todos debieron verla) y tan espesa (porque hubieran perdido el sueño, enmarañados en esa bruma densa que es la vida, sobretodo la vida urbana): Natasha y Mayito se unieron a Jorge Hernandez, y luego a Leandro, Alain, Ali, Lian y Adrian, los más jóvenes. Unidos por el “concepto” de Alberto Sarraín. Ni siquiera pienso que esto era “teatro de actores”, (como decir un monólogo), sino que esta vez los saltimbanquis de verdadera vocación y talento, se juntaron para hacer teatro.
En horabuena!
Y Bienvenido, Alberto!
Stakeholders,
(por orden de aparición):
Natasha Amador, Leandro Peraza, Alain Casalla, Adrian Mas, Lian Cenzano, Jorge Hernandez, Ali Sanchez, Mario Salas-Lanz, y los otros: Daniel Correa, Alberto Sarrain y el propio Abel que anduvo supervisando luces y sonidos, con la asistencia de TEM Estudio).
Natasha Amador, Leandro Peraza, Alain Casalla, Adrian Mas, Lian Cenzano, Jorge Hernandez, Ali Sanchez, Mario Salas-Lanz, y los otros: Daniel Correa, Alberto Sarrain y el propio Abel que anduvo supervisando luces y sonidos, con la asistencia de TEM Estudio).
domingo, 10 de mayo de 2009
jueves, 7 de mayo de 2009
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